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Historia

 "Un buen pastorero nace; no se hace"

Mi experiencia personal.

 

Cómo me convertí en aficionado,

promotor y criador de la raza pastor alemán.

 

Gustavo A. Villegas H.

Titular: Criadero Montenegro

 

Después de tanto tiempo vivido de la mano de un buen pastor alemán, desde mi infancia como beneficiario de sus incontables cualidades, hasta hoy como criador, creo que vale la pena hacer un inventario de las elementales pero muy diferenciales razones que nos llevan a mantenernos estoicamente en esta actividad a pesar de las dificultades que parecieran querer truncar el camino.

 

A continuación compartiré mi historia en el pastor alemán, desde los primeros días de infancia hasta hoy, pensando en que a través de ella se ilustre a otros para que logren avanzar sin prisa pero sin pausa en el camino de la raza, para que el lector pueda apropiarse y empoderarse para seguir adelante a pesar de las dificultades que se presenten y sin importar el tiempo o las distancias, entender que el buen pastor alemán está en la vida del buen pastorero desde y para siempre. Por ello el buen aficionado nace, no se hace.

 

La semilla pastorera, desde la cuna.

 

Nací en 1965, en el corazón de Colombia, en la creciente y pujante Armenia en el recién creado departamento del Quindío -plena bonanza cafetera-, en el amor y compañía de mis padres y familia, con una cantidad incontable de primos, tías, tíos y parientes, como buena familia paisa.

 

Antes de cumplir mi primer año de vida, al irnos a estrenar nuestra nueva casa en el norte de la ciudad, una zona casi inexplorada en la vía a Pereira, mi abuelo, le regaln de pelo largo, muy oscura, casi negra, que  totali regal riomos, t Armenia, en plena bonanza, nacades que se presenten. Por eló a mis padres una hembra pastor alemán adulta de pelo largo “muy entendida, servicial y noblecita”, para que protegiera mis pasos y mantuviera alejada toda amenaza potencial.

 

Se trataba de una perra casi negra, llamada “Polka” que según mi mamá velaba las noches junto al “moisés” de bebé y luego permaneció vigilante a mi lado en las primeras aventuras de mi vida. Realmente no la puedo visualizar en mi memoria, pero gracias a mis padres, a los vecinos y a los parientes más cercanos tengo referencia de sus anécdotas.

 

Cuentan las memorias de mi familia que “Polka” era capaz de ir con la empleada por más de tres cuadras hasta la tienda del barrio donde la eterna doña “Mery”, y regresaba a la casa con algún “mandao” en una canasta cargada en su hocico. La más recordada de las historias de esa perra inolvidable, cuenta que estando yo aún en pañales y en la indescriptible curiosidad de bebé, en un descuido de la niñera me escabullí hasta la zona verde exterior de la casa y al retozar riesgosamente muy cerca de caer a una zona aún en obra, la perra de acercó por la retaguardia y tomándome del pañal, me alejó del peligro muy a pesar de mis quejas. Polka pasó un tiempo no muy largo en nuestra casa. Mi abuelo se la llevó nuevamente a vivir a una nueva finca muy bonita que había adquirido en la vía a Montenegro (Quindío). De allí tal vez viene el afijo elegido para nuestro criadero.

 

Si le preguntamos a cada aficionado el por qué de su preferencia por esta noble raza, seguramente aflorarán historias y añoranzas como éstas que nos hacen recordar una vida cargada de nostalgias que nos marcan de por vida y nos llevan a volver una y otra vez al pastor alemán. Es curioso, pero casi en la totalidad de los casos de que tengo conocimiento, se trata de personas que han gozado en su infancia de la compañía de un pastor alemán.

 

Cuando el primer verdadero amigo es un perro.

 

Siguiendo por la vida, llegó la infancia; aproximadamente a los 8 años de edad, recibí como regalo de una amiga del barrio, un perro de unos 8 o 9 meses de edad, criollo o mestizo como lo quieran llamar, que resultó ser un compañero excepcional de juegos y aventuras. Debo advertir que en mi casa por esos días -tiempo en el cual sufrí las primeras manifestaciones del asma bronquial que me acompaña hasta hoy- era prohibido tener perros por razón clínica. Lo recuerdo porque este perro llamado “titán”, se las ingenió para hacerse querer por mi mama y quedarse como habitante de la casa y hacerse parte de la familia. Estuvo entre nosotros por el lapso de tres años y medio, convirtiéndose en el guardián de la cuadra, en nuestro compañero y aliado perfecto en todas las pilatunas y travesuras propias de la edad; era la mascota de la “barra” de amigos del barrio, siendo el terror de los gamines, limosneros y ladrones de jardines que eran famosos por aquella época. Fue un reproductor prolífico del cual se conoció progenie en dos o tres barrios a la redonda. Un perro inolvidable. Titán falleció envenenado, como mueren muchos perros de la calle, resultado de la intolerancia de la gente que no soporta vivir en comunidad irrespetando la elección de quienes sí los aceptan y aman.

 

Mi primera camada, aprendizaje vital.

 

Pasados unos cortos años ya a mis 12 ó 13, un amigo me mostró en su casa un perro pastor alemán “registrado” que era de su hermano; el perro se llamaba Niger de Baviera; le decían “Brisco” y se trataba del animal más extraordinario que yo hubiera visto hasta ese día en mi vida. Rojo, con negro, grande, fuerte con una cabeza inigualable. Mi amigo dijo que era un perro campeón y pude ver por primera vez en mi vida un pedigree. Quedé fascinado; tanto, que cuando la perra de ellos crió su primera camada, mis padres me compraron una cachorra muy linda a la cual llamamos “Polka”, en memoria de la primera perra de mi vida. Polka no fue registrada como su padre, pues la idea que existía en esa época en provincia era que el registro era muy costoso y engorroso. Polka creció muy rápido; debo confesar, que aunque fuera muy linda, no fue una perra que llegara a mi corazón pues era demasiado apasible, le faltaba un poco de espíritu y amor por la aventura, lo que a mi edad era indispensable en un perro. “Polka” fue muy buena amiga desde cachorra, de un perro llamado “Peter”; su propietario era un amigo nuestro que vivía cerca; se trataba de un pastor alemán de color normal, habano y negro, de pelo muy corto, quizás demasiado grande, fuerte y siempre feliz, con mucha energía y entusiasmo, que siempre me encantó. (Su cola en forma de tornillo siempre me preocupó).

 A Peter le gustaba mucho el agua y se la pasaba retozando en las fuentes del parque de los Fundadores, persiguiendo pajaritos, yendo veloz por troncos que le lanzaban, era una verdadera máquina de juego y diversión, siempre trotando al lado de la bicicleta de Juan Carlos Gómez Henao, mi amigo. Por una suma de razones nada técnicas, en cuanto Polka alcanzó sus 18 meses, en su tercer celo (como aconsejaban, de los juegos, e tengo memoriasa muy bien, la madre la ajeaba constanermente y fallecimadre, era ese maravillosos perro. tos,  los libros), la montamos cuantas veces fue posible con ese tremendo perro; mi expectativa no pod, de los juegos, e tengo memoriasa muy bien, la madre la ajeaba constanermente y fallecimadre, era ese maravillosos perro. tos, ía ser mayor mientras crecía la barriguita.

 

A los dos meses nacieron en el balcón de mi casa -donde era prohibido tener perros-, 8 cachorros a los que asistí en su nacimiento sin que se presentara ni el más mínimo problema; la última hembrita, la novena, nació sin vida.

 

El clima de junio era perfecto. En unas de las vacaciones más memorables de mi vida, había nacido mi primera camada; me olvidé del fútbol, de los juegos con los amigos, de los paseos, del “rin-rin corre-corre”, y le dediqué el 100% a mis cachorros. Una caja de cartón debidamente recortada y dispuesta para contenerlos cómodamente y permitir la entrada y salida de la madre, era una paridera perfecta. Para afirmar aún más mi vínculo emocional con la raza, un día cualquiera cuando los cachorros tenían ya unos 8 o 9 días de vida, la perra salió a dar un reconfortante paseo en la soleada mañana de junio, y no regresó. Algunos vecinos y amigos lograron ver cuando la subían a la parte trasera de una camioneta, llevándosela para siempre. Mis padres, notoriamente preocupados, pero muy interesados en acompañarme en aquella experiencia vital, llamaron al veterinario más reconocido de Armenia: recuerdo que sus apellidos eran Zapata Vargas. El Dr. Un hombre mayor, moreno, de cejas muy pobladas, amable y de palabras escasas, nos visitó, examinó los cachorros y me ensehombre mayor, serio y de palabras ellañarme en la experiencia vital, anermente y fallecimadre, era ese maravillosos perro. tos, ñó paso a paso, sin darnos muchas esperanzas sobre la vida de los cachorros, cómo debíamos preparar un menjurje parecido a la leche, espeso y cremoso y cómo sería su alimentación. Mi hermana menor y mi hermanito más pequeño me ayudaban con la tarea que debía llevarse a cabo cada 3 horas: tomar a cada cachorro y darles el biberón. Por fortuna todos tuvieron siempre muy buen apetito.

Abrieron los ojos a los 12 días de vida aproximadamente; yo dormía con ellos y los llevaba al lado de mi cama en secreto cuando me daba sueño. Los limpiaba y les ayudaba después de comer para que pudieran hacer sus necesidades fisiológicas. Fue una experiencia maravillosa y tal vez la razón de mayor importancia por la cual hoy toda mi familia esté en esta actividad. Se salvaron los 8, y los pude ubicar con amigos y vecinos para sus fincas o para la casa, y por supuesto, vendí algunos, lo que me motivó muchísimo.

 

Por aquella época no había duda, sería veterinario. Juan Carlos Gómez Henao, el dueño del padre, eligió un cachorrón maravilloso y lo dejó en su casa. Nosotros nos quedamos con un precioso cachorro rojo y negro, al que llamamos Joy. Era un pastor alemán en toda la extensión de la palabra. Lo recuerdo como un ejemplar muy típico, cortito, muy bien proporcionado, de gran temperamento y carácter, linda cabeza y expresión, fuerte y muy dinámico, lleno de ganas de vivir. En cuanto me regalaron mi primera tabla  o “monopatín”, le enseñe a Joy a halarme de manera controlada, al paso medio y sin desviarse sorpresivamente; me llevaba por todas partes, subiendo y bajando con una resistencia increíble. No fue fácil, pero lo logré satisfactoriamente. Fue un jovencito incansable, con una disposición permanente para lo que se me ocurriera. Un gran amigo, compañero y cómplice en mis primeros intentos de conquista en los barrios cercanos, los recorría “rodando” con mi perro, en mi tabla, y una flauta dulce de marca Honner que aprendí a tocar y cargaba en el bolsillo de atrás de mi blue jean. Joy era un partner sin igual; muy tierno y amable cuando estábamos de visita.

 

Yo era aún muy chico, volátil y algo indisciplinado; en mi casa, mi madre me enseño a conducir, lo que se llevó toda mi atención, nuevas amistades y compromisos terminaron por relegar a mi perro al balcón de la casa, donde siempre me esperaba para volver a rodar. Recuerdo que una noche, en una comida en mi casa, una prima convenció a todos de que Joy estaría mejor en casa de su jefe, el director de Coldeportes en Armenia, pues sería entrenado debidamente y llegaría a ser un perro de utilidad completo, pues como estaba, desperdiciaba mucho de su potencial. Conocí al jefe de mi prima, un ser humano excelente, que de manera respetuosa me ofreció una suma de dinero inconcebible para mí en esa época por el perro; accedí con el beneplácito de todos en mi casa. Fue una decisión agridulce; Joy llevó una vida excelente en adelante, llegando a ser un gran pastor alemán muy completo y realizado en todos sus aspectos, de hermosa estampa como diría mi padre, siendo el progenitor de muchísimos de los perros pastores alemanes sin registro que nacieron en mi ciudad natal por esos años. Lo visité por algún tiempo hasta que lo ví convertirse en un orgulloso macho adulto.

 

Una etapa termina y otra comienza.

 

La vida, la adolescencia y demasiados intereses, me llevaron por otros caminos, pero siempre recordé mi predilección por el perro pastor alemán. A la postre, después de un análisis cuidadoso en familia, elegí estudiar Diseño gráfico. Viajé a Medellín a la Universidad. Pasado ese hermoso período, me vine a Bogotá donde estudié mercadeo y publicidad. Entre una y otra reunión de amigos conocí a la que hoy es mi esposa. Trabajé en varias agencias de publicidad siempre en el área creativa. En alguna ocasión, como regalo del padre de una compañera de universidad, recibí una perra Husky Siberiano con la cual crié una camada; mi primera cesárea. Con dos cachorras preciosas de unos tres meses de edad, me contrataron en Cali como director Creativo y me ví obligado a dejar las perras en manos de personas responsables, pues Cali ofrecía un clima demasiado caluroso para esa hermosa raza. Es curioso, los perros llegaban a mí de una u otra manera.

 

Volver al pastor alemán, un destino ineludible.

 

Trabajé en Cali 4 años, lo que nos duró nuestro noviazgo, y al regresar a Bogotá en un cargo de alguna responsabilidad, con mi novia decidimos casarnos. Tiempo maravilloso de alta actividad social, proyectos y sueños. A los dos años de matrimonio, nació María José, nuestra primera hija; mil y una experiencias desconocidas, pero lo más sorprendente, descubrir que cuando llega el primer hijo, inicia el camino de regreso a las raíces. Y es así como al cumplir su primer año de edad, le regalamos el que sería nuestro primer pastor alemán de registro. No fue fácil encontrar el perro que buscábamos; tenía memoria de perros muy especiales y buscaba muchos aspectos reunidos en un único ejemplar. Buscamos en muchos sitios, pero no lográbamos encontrar algo que llenara nuestras expectativas. Visitamos varios criaderos en las afueras de Bogotá, sin hallar lo que buscábamos, hasta que visitamos un criadero en el cual ese día precisamente estaban reunidos un grupo de amigos entrenando, departiendo y disfrutando un “día de perros”, como lo describió el criador. Nos explicaron que se reunían los fines de semana a compartir y preparar lo perros para las competencias, lo que me interesó muchísimo, pues había allí un ambiente de camaradería muy agradable. Adquirimos sin dudarlo un cachorro muy bonito, y nos sumamos al grupo con gran entusiasmo y dedicación, aprendiendo de cada sesión, de cada charla, en cada momento, sin perder un solo detalle. Nuestro perro, que inició su carrera sin muchos logros, llegó a ser un notable macho seleccionado, obteniendo la calificación máxima de VA (Excelente sobresaliente), siendo clasificado Excelente 1º en el campeonato latinoamericano COAPA, siendo reconocido y utilizado en su crianza por algunos criadores del país.

 

De una perra hija suya, llamada Gayra, viene mucho de lo que hoy tenemos en nuestro Criadero “Montenegro”.

 

Seguir adelante, con espíritu de lucha y coraje destacados.

 

Hoy por hoy criamos con gran pasión, nos gusta competir, entrenamos y compartimos en familia con amigos y aficionados, damos lo mejor posible dentro de las posibilidades y hoy puedo decir -aunque no pueda asegurar que siempre será así-, que mis hijos y mi esposa comparten mi pasión como pocas familias lo han logrado.

 

Quisera cerrar con una pequeña reflexión, de cara a un futuro decididamente rodeado por los hijos nietos y bisnietos de mis primeros pastores alemanes de registro APPA. Un texto que alguna vez publiqué en un anuncio del criadero y que resume en buena medida mi sentir con respecto a esta afición:

 

¿Por qué criamos pastores alemanes?

“Criamos, no sólo por ser un lindo hobbie o por promover una de las razas más completas, equilibradas e incorruptibles que existe. Criamos, por esa naturaleza que nos impulsa al mejoramiento continuo; porque comprendimos que es una actividad en la cual el amor y la familia son indispensables; porque genera un espacio propicio para la amistad, porque es un reto a la inteligencia y a la capacidad planificadora. Es además una completa actividad deportiva; y competir… es darle alas a la esperanza.

 

Criamos, porque es una lección de vida para nuestros hijos; porque aquí, de poco o nada sirven la suerte y la fortuna. Aprendimos que nada llega de la noche a la mañana y que los resultados se construyen a pulso, con perseverancia, dedicación y convicción. Y lo más hermoso, que con cada cachorro, recibimos la más perdurable de las herencias: la experiencia viva”.

 

Hoy, curtido y recorrido; con algo más de 45 años de edad y 14 años después de mi primer perro de registro, puedo decir con la frente en alto que he dado cada paso con integridad, honestamente y sin buscar atajos.

 

Vivo y viviré esta pasión con la misma fuerza con que de niño disfrutaba en un monopatín, siendo arrastrado por la incansable energía vital de nuestro inigualable pastor alemán.

 

Y si por algún efecto del destino hoy me viera privado de mis perros, volvería a ellos una y otra vez como si se tratara de un buen vicio retornando a este ambiente irremplazable que nos llena de energía, sueños y desafíos.


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